El lobby agroalimentario en Europa ¿asignatura pendiente?

Escribo esta entrada en el blog desde un avión volviendo de Bruselas a Madrid y con la intención de recuperar mis publicaciones en este blog. Qué mejor lugar para escribir sobre el lobby español en Europa ¿verdad? Este verano he podido leer un libro muy recomendable titulado “El lobby en España ¿asignatura pendiente?” de Algón Editores, coordinado por la Asociación de Profesionales de las Relaciones Institucionales (APRI). En él, me ha agradado encontrar opiniones de expertos en la materia que coinciden algunas ideas que yo tenía en la cabeza. En efecto, el lobby tiene español en Europa es una de nuestras asignaturas pendientes, y el sector agroalimentario no resulta una excepción.

Muchos de los que acudimos desde hace años frecuentemente a Bruselas venimos con la sensación de que “no mandamos mucho allí”. En Bruselas se toman la mayor parte de las decisiones que afectan a nuestro sector y, sin embargo, da la sensación que otros países nos llevan la delantera en la mayoría de los temas. Por desgracia, ya tenemos casos en los que, por no haberlo visto venir, nos hemos encontrado una legislación contraria a los intereses del sector agroalimentario español respecto a los países del norte de Europa, quienes se habían organizado de forma magistral para lograr dicho objetivo. El caso del reglamento sobre los gases fluorados en un ejemplo que ilustra muy bien este hecho.

Hemos construido entre todos durante años unas estructuras de funcionamiento e información para el conjunto de la cadena agroalimentaria, que son admiradas e incluso copiadas por otros países de la Unión. Sin embargo, no somos capaces de trasladar este tipo de avances en Europa y se nos termina volviendo en contra. ¿Acaso sería imaginable en España, con la red de alerta alimentaria que hemos desarrollado, alguien hubiera hecho unas declaraciones similares a las que trajeron graves pérdidas económicas al sector hortofrutícola español en el famoso caso del pepino?

Un día pregunté a un funcionario español de la Comisión sobre la cantidad de puestos de alto nivel que ocupaban los españoles. Su contestación fue apabullante: “esto es un desierto abandonado fruto de la desidia de los gobiernos de ambos partidos que hemos tenido en los últimos 10 años”. En mi opinión, debemos aprender de otros países y cambiar nuestra estrategia como sector en Europa. A nivel institucional debemos situar a nuestra mejor gente en puestos más altos de la Comisión y enviar al Parlamento a nuestros políticos mejor preparados. Tal y como manifiesta en el citado libro el Director de Asuntos Europeos de Philip Morris, José Fonseca, la REPER (oficina permanente de representación de España en Bruselas) debería alinear su trabajo hacia los sectores económicos y no sólo hacia los Ministerios, al estilo del siempre eficaz lobby británico. ¿No sería lógico que existiera además una mesa de coordinación de actividades del sector agroalimentario en Europa formada al menos por el MAGRAMA, la REPER y las asociaciones del sector?

Por nuestra parte, además de trabajar por lograr nuestros objetivos específicos, deberíamos ser capaces de aunar todas aquellas prioridades comunes y trabajarlas conjuntamente en Europa, tratando de dejar a un lado nuestras diferencias. Es nuestro deber hacer llegar nuestras prioridades a los representantes españoles en las instituciones europeas y tratar de aunar posiciones para facilitar su labor allí y poder lograr ventajas comparativas para nuestro sector. En eso consiste precisamente el lobby, y es una tarea fascinante.

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