«No hay un único consumidor: hay diferentes consumidores incluso dentro de una misma persona».
Esta fue una de las ideas que quise transmitir durante la mesa redonda «Del consumidor a la cesta de la compra», celebrada en Fruit Attraction, en el espacio del Banco de Santander, en la que compartí conversación con el nutricionista Pablo Ojeda.
Porque, cuando hablamos del futuro de la alimentación, tendemos a imaginar grandes transformaciones tecnológicas, nuevos productos o cambios radicales en nuestros hábitos. Pero quizá deberíamos empezar por algo mucho más sencillo: observar qué ocurre cada día cuando entramos en un supermercado.
Hemos pasado de una cesta relativamente estándar a una cesta mucho más personal. Una misma persona puede buscar el mejor precio en unos productos, permitirse un capricho en otros, comprar alimentos ecológicos ocasionalmente y llevarse una ensalada preparada porque ese día no tiene tiempo para cocinar.
Y todo ello es perfectamente razonable. El consumidor actual no es contradictorio por naturaleza. Simplemente intenta conciliar necesidades muy diferentes.
El reto no es elegir entre precio, salud, calidad y comodidad. Es intentar poner las cuatro cosas al alcance del consumidor.
El precio sigue siendo determinante, especialmente después de los últimos años de inflación. Pero no podemos olvidar otro recurso cada vez más escaso: el tiempo.
De ahí el crecimiento de las soluciones de conveniencia, los productos de cuarta y quinta gama y los alimentos listos para consumir. Y conviene desmontar un prejuicio: conveniencia no significa necesariamente peor alimentación.
Una fruta cortada, una verdura preparada para cocinar o una ensalada lista para consumir pueden facilitar una alimentación variada a quienes disponen de poco tiempo.
Por eso, el futuro no será fresco contra preparado; será fresco y preparado de muchas maneras diferentes. La cesta del futuro responderá cada vez más a momentos de consumo que a categorías tradicionales.
También hablamos de información. Nunca habíamos sabido tanto sobre alimentación y, paradójicamente, nunca habíamos estado expuestos a tantos mensajes contradictorios.
Los ciudadanos reclaman conocer mejor el origen, la composición y la forma de producción de los alimentos. La distribución debe contribuir a ofrecer esa información, pero sin caer en una tentación peligrosa: decidir por ellos.
El supermercado no debe convertirse en el tutor del consumidor. Nuestra función es facilitar decisiones, no tomarlas.
Hay otra cuestión fundamental: la relación entre el campo y el supermercado. El conocimiento de los hábitos de compra permite trasladar información al sector productor, adaptar las variedades y los formatos y contribuir a reducir el desperdicio alimentario.
Porque el consumidor no está al final de la cadena. En cierto modo, está también al principio.
¿Y cómo será la cesta dentro de diez años?
Probablemente más tecnológica, más personalizada y más cómoda. La inteligencia artificial, la digitalización y la innovación agrícola ayudarán a anticipar demandas, aprovechar mejor los recursos y ofrecer nuevas soluciones.
Pero confío en que permanezca lo esencial: nuestra capacidad de elegir.
Y termino recuperando la reflexión con la que cerré mi intervención:
«La mejor cesta de la compra no es la más cara, ni la más sofisticada, ni la que está de moda. Es la que permite a cada familia comer de forma variada, segura y equilibrada, dentro de sus posibilidades y con libertad para elegir».